La hipertensión, el infarto o la hipercolesterolemia son enfermedades que afectan a la salud de nuestro corazón y nuestros vasos sanguíneos y pueden tener consecuencias graves. Para prevenir su aparición es importante realizar actividades que mejoren la salud cardiovascular, cómo hacer deporte, bailar, comer bien o descansar lo suficiente. Pero pese a llevar un modo de vida de lo más sano, hay determinados factores de riesgo de los que muchas veces no somos conscientes, porque se encuentran escondidos en nuestro ADN, y que nos predisponen a un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular.

Es el caso de la hipertensión o tensión alta, es decir, una elevada presión de sangre dentro de los vasos sanguíneos. Esta situación depende de varios factores, cómo la rigidez de los vasos sanguíneos o la cantidad de líquido que circula por ellos. Sólo hace falta imaginar una manguera. Cuanto más rígida sea la goma y más abramos el grifo, mayor será la presión dentro. Lo mismo pasa con los vasos sanguíneos, que no son más que sofisticadas “mangueras” que riegan con nutrientes y oxígenos todas nuestras células. Por eso, si genéticamente tenemos predisposición a tener un mayor tono muscular en las arterias o no eliminar bien iones cómo el sodio, lo que hace que haya mayor cantidad de líquido en los vasos sanguíneos, podemos tener un mayor riesgo a padecer hipertensión. Todo ello podemos llegar a saberlo leyendo nuestra información genética con un test de ADN.

Otro de los casos en los que la salud de los vasos sanguíneos se ve comprometida es con la formación de placas en las arterias debidas a acumulación de colesterol y otras grasas que pueden, literalmente, tupir los vasos sanguíneos. Y es mucho peor si se es propenso a sufrir procesos inflamatorios, porque esa inflamación estrecha aún más éstos vasos.

Este riesgo lo podemos encontrar en un test de ADN. Nuestra naturaleza bioquímica nos puede indicar si somos más propensos a tener niveles altos de colesterol en sangre o si tenemos una respuesta inflamatoria mayor que la media. Esto nos puede dar idea del riesgo genético a padecer trombos o placas y, así, podremos adaptar de manera precisa nuestra alimentación, ingiriendo cantidades óptimas de de vitamina E y de ácidos grasos omega 3, e incluso de vitaminas del grupo B, también implicadas en la salud de nuestras venas y arterias, para así disminuir todo lo que podamos los riesgos.

Aunque cuando hablamos de salud cardiovascular hay un hábito que se impone por encima de todos: tomar café. Un buen expreso puede darte la dosis necesaria de cafeína que necesitas cada mañana para enfrentarte al mundo, pero aunque la cafeína hace que estemos más atentos y aumenta nuestro rendimiento, tanto físico cómo mental, hay personas especialmente sensibles a esta molécula, a las que les puede generar ansiedad e incluso dificultar el descanso, lo cual empeora la salud del sistema cardiovascular. Y sabemos que hay determinados genes, relacionados con el metabolismo de la cafeína, que nos pueden hacer personas muy sensibles a esta sustancia. Sabiendo si genéticamente eres sensible a la cafeína, podrás adecuar mucho mejor su consumo para adecuarlo a tus necesidades.

Por eso será fundamental conocerte mejor, a nivel genético, para adaptar tus hábitos de vida a tu yo molecular. Tu corazón y, en definitiva, tu salud y tu calidad de vida, te lo agradecerá.

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